El recuento de Robert
Chicago,
6 de noviembre de 2005
Domingo por la tarde. Decenas de miles de personas asisten a una gran exposición de
bienes raíces organizada por The Learning Annex en Chicago. El centro de
convenciones está lleno de exhibidores, anuncios de inversiones y oportunidades para
enriquecerse.
En aulas más pequeñas, los instructores comparten su conocimiento y
sabiduría sobre cómo los asistentes pueden amasar sus propias fortunas. El cavernoso
centro está inundado de un rumor contagioso.
Todos están emocionados por lo que
aprenden y por cómo pueden cambiar su destino financiero.
Tras bambalinas, en la enorme sala donde trabajan los equipos de producción, se
siente una emoción distinta, silenciosa, eléctrica. Una limusina larga y negra se detiene
y las personas comienzan a murmurar: “¡Ya está aquí! ¡Ya llegó Donald Trump!”
Yo estoy con mi compañera y coautora, Sharon Lechter, en el salón verde, una
habitación privada donde los conferencistas principales esperan antes de subir al
escenario, por lo que no presencio la llegada de la limusina.
Pero cuando veo a dos
policías cruzar la puerta del salón verde, descubro que Donald Trump está a punto de
entrar. Salgo apresuradamente para abrirles paso a él y a su comitiva.
Desde fuera del salón verde observo una figura alta e imponente bajar de la limusina.
No puede ser otro que Donald Trump, cuya silueta es conocida en todo el mundo
gracias al programa El aprendiz. Los afortunados que contábamos con pases para
estar tras bambalinas, formamos espontáneamente dos filas. Como si hubiera sido
preparado, Donald Trump camina entre las dos hileras de admiradores, sonriendo y
asintiendo con la cabeza.
Es un saludo reservado para la realeza y jefes de estado. Si
hubiéramos estado en Hollywood, habría alfombra roja.
Bill Zanker, fundador y presidente de The Learning Annex, recibe a Donald, lo conduce
al salón verde y cierra la puerta.
“¡Dios mío!”, dice asombrada una joven. “¡Es más imponente en la vida real!” “¡No
puedo creer lo alto que es!”, dice una más. “¿Viste su cabello?”, pregunta otra. Casi
todos los hombres del grupo permanecemos en silencio.
La puerta del salón verde se abre de repente. Quienes alcanzan a mirar dentro ven a
Donald hablar con los reporteros. Bill Zanker sale y se me acerca. “¿Estás listo para
presentar a Donald?”, me pregunta. “El Robert Kiyosaki de Padre Rico presentando a
Donald. El público está encantado.”
Donald Trump sale del salón verde y se dirige a donde Bill y yo estamos. Luego de
unas palabras en privado con Bill, Donald voltea hacia mí y dice:
—Hola de nuevo. ¿Tú me vas a presentar?
Yo asiento con la cabeza.
—Genial.
Veo que sigues en la lista de bestsellers de The New York Times. Es
impresionante.
Luego, bajando la voz un poco, me dice:
—Quiero hablar contigo de algo. ¿Tienes tiempo ahora?
—Por supuesto.
—Tú eres el autor número uno en finanzas personales, y yo soy el autor número uno
en negocios. Deberíamos escribir un libro juntos. ¿Qué te parece?
Atónito por la oferta, me quedo sin habla.
—Es una gran idea —dice Bill Zanker llenando el vacío creado por mi silencio—.
Definitivamente sería un bestseller.
Finalmente me repongo y, débilmente, contesto:
—Gran idea. Hagámoslo.
Sé que Donald no acostumbra dar la mano, así que le extiendo la mía para comprobar
si habla en serio acerca del libro.
Así es, y nos damos la mano. Entonces, Donald
voltea hacia Keith, su imponente guardaespaldas, y le dice: “Dale a Robert mi tarjeta”.
De repente, Keith, el guardaespaldas de 1.90 metros de altura, deja de ser una figura
intimidante, sonríe, saca un tarjetero de oro y me extiende una tarjeta de presentación
de Donald Trump.
—Llámame la próxima vez que vayas a Nueva York y armamos el libro. Te presentaré a
Meredith. Ella nos ayudará en el proyecto.
En ese momento presento a Donald y Sharon y, una vez más, nos damos la mano.
Es hora del espectáculo; me doy la vuelta y me dirijo al escenario del salón principal,
donde más de 24 mil admiradores de Chicago esperan a Donald Trump. Tan pronto
termino mi breve presentación, empieza a escucharse el tema del exitosísimo
programa El aprendiz; miles de globos dorados caen del techo, y la multitud estalla en
aplausos mientras Donald Trump sube al escenario.
El largo regreso a casa
En el viaje de regreso de Chicago a Phoenix empiezo a asimilar la realidad de aquel
apretón de manos. “¿Quién soy yo para escribir un libro con Donald Trump?”, me
preguntaba una y otra vez. “¿Y de qué vamos a escribir?”
—¿Gusta una manta? —me pregunta la azafata sacándome bruscamente de mi
confusión.
—No, gracias —respondo con una sonrisa.
Tan pronto se fue la azafata, surgió una idea en mi cabeza: “Podríamos escribir sobre
bienes raíces”.
Con ese pensamiento respingó mi crítico interno, quien me había torturado desde que
me propusieron la idea del libro. El crítico preguntaba cínicamente: “¿Tú y Donald
Trump escribiendo un libro sobre bienes raíces? En el mundo de bienes raíces, Donald
Trump está en las ligas mayores y tú en las menores. Él construye rascacielos en
Nueva York; ¿qué tienes tú? Algunos edificios residenciales, unas cuantas
construcciones comerciales de pocos pisos y algunas tierras.
Además, él es
multimillonario y tú sólo millonario”.
Hasta ese momento me sentía bastante satisfecho con lo que había alcanzado en mi
vida, pero al considerar escribir un libro con Donald Trump, mis éxitos y logros me
parecieron pequeños e intrascendentes.
En vez de sentirme honrado porque Donald
Trump me había pedido escribir un libro con él, me sentía miserable. “¿De qué
podríamos escribir?”, me preguntaba incesantemente mientras el avión volaba de
Chicago a Phoenix.
Dos largas semanas
Aunque Donald me pidió llamar a Meredith McIver, quien él quería que coordinara el
libro, no lo hice de inmediato. Finalmente, al cabo de dos semanas, Bill Zanker llamó
desde Nueva York y me preguntó:
—¿Ya hablaste con Donald?
—No.
—¿Por qué?
—Por “gallina” —le contesté imitando los sonidos de esa ave—. Además, ¿de qué
vamos a escribir? Los dos somos empresarios y los dos invertimos en bienes raíces,
pero sus estados financieros tienen bastantes más ceros que los míos.
—Oh, por favor —dijo Bill—. Has vendido más de 26 millones de ejemplares de tus
libros. Te conocen en todo el mundo. Has estado en la lista de bestsellers de The
New York Times cinco años. ¡Cinco años! Sólo otros tres libros han durado tanto. No
te subestimes.
Ambos venden millones de ejemplares.
—Sí —respondí tímidamente—, pero aun así, él tiene más ceros y más comas. Sus
edificios son más altos.
Tiene un programa de éxito en la hora de mayor audiencia.
Ambos jugamos golf, pero él es dueño de los campos. ¿De qué vamos a escribir?
—Robert, sólo llama a Meredith y lo descubrirás —dijo amablemente Bill—. Sólo
háblale. Está esperando tu llamada. Márcale ahora.
—Está bien, está bien —respondí—. La llamaré ahora.
Y antes de que perdiera el valor, colgué con Bill y marqué el número de Meredith.
—Hola, estás hablando con Meredith McIver.
Así nació este libro.
La sala de juntas
12 de diciembre de 2005
Fui a Nueva York parar grabar un programa de televisión para la PBS y para una cita
con Yahoo! Finance. Como iba a viajar a Nueva York de todos modos, Meredith y yo
acordamos reunirnos para buscar el tema perfecto para el libro. El 12 de diciembre, mi
esposa Kim y yo tomamos un taxi hacia la oficina de Donald Trump, y no sólo a su
oficina: a su edificio de oficinas.
Quienes han visto El aprendiz estarán familiarizados con el recibidor dorado de la
Torre Trump en la famosa Quinta Avenida de Nueva York.
Parado en la acera como un
pueblerino, me incliné hacia atrás mientras mi vista trepaba a las alturas, piso tras piso,
hasta que mis ojos alcanzaron finalmente el punto donde el edificio y el cielo se
encuentran.
La Torre Trump es, sin lugar a dudas, mucho más grande que cualquiera
de los edificios que Kim y yo poseemos. Aunque había pasado frente a ella muchas
veces, me parecía mucho más alta ahora que iba a entrar para reunirme con Donald
Trump en persona.
Estar en la Quinta Avenida me trajo muchos recuerdos. Recordé haber alzado la vista
para ver edificios como éste la primera vez que estuve en Nueva York, para iniciar
cursos en la Merchant Marine Academy, en 1965. Yo era un humilde y joven hawaiano
que visitaba por vez primera la gran ciudad, y no se me hubiera permitido entrar en
edificios como éste. En aquella época estaba de moda la película El graduado, y mis
amigos y yo rondábamos la zona con la esperanza de encontrar a nuestra señora
Robinson.
Ahí estaba yo, 40 años después, invitado por Donald Trump a su oficina y a su edificio.
En ese instante hice un importante recuento de mi vida.
La mayoría de las personas me considera muy exitoso; he ganado y perdido millones
de dólares siguiendo los principios que comparto en los libros de la serie Padre Rico.
Pero estando ahí, frente a la Torre Trump, descubrí de golpe cuán lejos había llegado.
Fue un sentimiento increíble.
Recordé una de las frases favoritas de Donald: “¡Piensa en grande!” Por el simple
hecho de estar parado frente a ese edificio, me di cuenta de que mi pensamiento era
mucho más grande ese día que cuando fui a Nueva York por vez primera. “¡Vaya!”, dije
en voz alta. Kim simplemente apretó mi mano.
Respiré profundo y entré con Kim a la Torre Trump. Nos dirigimos a los elevadores,
donde nos abordaron unos guardias de seguridad.
Una vez registrados, entramos al
elevador y subimos a uno de los pisos más altos, donde Donald dirige su imperio.
Si has visto El aprendiz, estás familiarizado con la entrada a la oficina del señor
Trump, y con la atractiva recepcionista que cuida la puerta. (Un dato para los curiosos:
Donald mandó construir una réplica de su oficina unos pisos abajo de la oficina real,
para el programa de televisión. En vez de entrar a su auténtica sala de juntas, baja por
el elevador y entra a la réplica.) Aunque yo había visto el programa muchas veces,
nunca, y quiero decir nunca, pensé que un día yo entraría al mundo de Donald Trump.
Fue una experiencia extraña sentir que estaba en el set del programa. Mi mente
viajaba una y otra vez del programa de televisión a la vida real, y viceversa.
Quien nos recibió primero, una vez que la recepcionista nos invitó a sentarnos, fue
Keith, el enorme guardaespaldas de Donald Trump.
Cuando nos vio, nos saludó
calurosamente, como si fuéramos viejos amigos. Se sentó junto a nosotros y nos hizo
sentir en casa. Me sorprendió cuán simpático fue al hablarnos de su ocupación
anterior, detective en Nueva York, y su trabajo actual como guardaespaldas personal
de Donald.
Estuvo con nosotros, nos ofreció agua y nos hizo compañía hasta que la
puerta de la oficina principal se abrió y entró Meredith.
Meredith es la clásica joven ejecutiva de la ciudad de Nueva York: una atractiva mujer
que podría sentirse en casa en Londres, París, Sydney, Tokio, Toronto o Pekín.
Extendió la mano y nos sonrió cálidamente diciendo: “Me da mucho gusto conocerlos al
fin”.
Luego de agradecer a Keith su amabilidad, Kim y yo seguimos a Meredith y cruzamos
las puertas de cristal para llegar a la sala de juntas, la auténtica. Mientras nos
sentábamos, recordé de nuevo escenas del programa de televisión, con los candidatos
a aprendiz sentados frente a Donald y sus consejeros. Yo pensaba en silencio: “¿Qué
haces aquí? ¿Cómo llegaste a este lugar?” (En realidad, mis palabras fueron: “¿Qué
(pitido) hago aquí?”, y, “¿Cómo (pitido) llegué a este lugar?” Estoy seguro de que más
de un aprendiz ha pensado lo mismo.
Luego de charlar unos minutos, Meredith preguntó:
—¿De qué te gustaría escribir?
—Bueno, me preocupa mucho la pobreza —contesté—. Creo que podríamos escribir
sobre lo que haremos para terminar con ella. El título podría ser “Para terminar con la
pobreza”.
Meredith asintió con la cabeza.
—Ese podría ser un buen tema.
—También me preocupa que los ricos son cada vez más ricos y que Estados Unidos,
como país, es cada vez más pobre. Podríamos escribir sobre la desaparición de las
clases media y baja, de cómo los trabajos mejor pagados se importan de China e India.
Asimismo, desde hace mucho me preocupa la desaparición de las pensiones y la
bancarrota de la Seguridad Social y Medicare, ahora que los baby boomers empiezan
a jubilarse.
—Al señor Trump le preocupan los mismos problemas —dijo Meredith—. Escribió un
gran libro al respecto.
— The America We Deserve —dijo Kim.
—Sí —dijo Meredith—. Escribió sobre su preocupación por estos problemas así como
sobre la amenaza de ataques terroristas, incluso antes del 11 de septiembre.
—¿Antes del 11 de septiembre? —preguntó Kim. Meredith asintió con la cabeza.
—Dedicó una sección entera no sólo al terrorismo sino al descontrol de la deuda
pública. Pero no simplemente señala los problemas; también ofrece sus propias
soluciones.
Kim asintió. Le había encantado ese libro.
—El señor Trump es mucho más que programas de televisión, desfiles de belleza,
casinos y bienes raíces —continuó Meredith—. Cualquier persona interesada en los
problemas mundiales y en su solución debe leer este libro.
—Definitivamente, tenemos intereses comunes —dije—. Sin ir más lejos, nos
conocimos en The Learning Annex.
Hemos sido maestros para esa organización
durante años. Me llama la atención que una celebridad tan rica y famosa como el señor
Trump vaya a hablar para el público en general. De hecho, siempre he querido saber
por qué enseña. Pero como siempre andamos con prisa, nunca he podido preguntarle.
—Es un maestro nato —dijo Meredith—. Lo he comprobado en los años que llevo
trabajando para él. Sólo piensa en El aprendiz; cuando Mark Burnett le presentó la
idea del programa, el señor Trump insistió en que debía tener un valor educativo, o no
lo haría.
—Es cierto —dijo Kim—. Yo espero las lecciones de negocios, y me gusta ver cómo
maneja las diferentes situaciones. Pero lo mejor de todo es cuando revela el proceso
de pensamiento detrás de sus actos. Me gusta saber por qué despide a alguien.
— El aprendiz es entretenido y educativo —dije—.
No siento que al verlo desperdicie
mi tiempo. Siempre aprendo algo práctico, algo que puedo usar.
—Quizá el punto de partida para este libro sea que ambos son maestros —intervino
Kim—. Después de todo, ambos son empresarios e inversionistas en bienes raíces. Tú
fundaste una compañía minera para la extracción de oro en China y salió a la Bolsa;
también una para la inversión en bienes raíces, una compañía minera en Sudamérica
para la extracción de plata, y una compañía petrolera. Muchos saben eso, tal como
saben de la Torre Trump y de Trump Place.
—Pero no encontré petróleo —dije sarcásticamente. Kim rió y dijo:
—No todos los negocios tienen éxito.
—Y el señor Trump no siempre ha tenido éxito —agregó Meredith—. También ha
tenido sus dificultades.
—Habló con mucha franqueza sobre sus dificultades financieras en The Art of the
Comeback —dijo Kim—. Ése también fue un gran libro.
Meredith sonrió y asintió con la cabeza:
—A pesar de sus dificultades financieras, ambos han sido muy francos acerca de sus
éxitos y fracasos. Dime, ¿por qué has sido tan abierto al hablar de tus problemas
financieros?
—Porque quiero que las personas sepan… así es como aprendí tantas cosas. Quiero
que las personas sepan que, ricos o pobres, todos tenemos problemas financieros.
—¡Exacto! El señor Trump piensa igual. Quiere sinceramente que las personas
aprendan. Por eso comparte triunfos y fracasos. ¿Cuántos millonarios lo harían?
—No muchos —dije—. La mayoría de los ricos no quieren que los demás sepan cómo
se enriquecieron, mucho menos que conozcan sus fracasos, y eso incluye a la familia
de mi padre rico.
—¿A qué te refieres?
Miré a Kim y ella me sonrió de manera tranquilizadora.
—Cuando terminé de escribir Padre rico, padre pobre, llevé el libro a su familia, y ellos
me pidieron que no se revelara su apellido en el libro, aunque no decía nada malo de
mi padre rico.
Simplemente no querían que nadie supiera cómo se habían enriquecido.
Así, por respeto a su decisión, no he revelado el nombre de mi padre rico.
—¿Y eso te ha causado problemas? —preguntó Meredith.
—Sí —contesté—. Algunos me han llamado mentiroso porque creen que mi padre rico
no existió.
—Es ridículo —dijo Kim mostrando frustración; era un tema delicado para nosotros—.
Todo lo que Robert hizo es respetar los deseos de las personas que quiere.
La mayoría
de los ricos prefieren guardarse los secretos de su éxito.
—Y es ahí donde tú y el señor Trump se distinguen de los demás ricos —dijo Meredith
sonriendo—. Ambos son maestros y desean compartir lo que saben, a pesar de las
críticas.
—¿Al señor Trump también lo critican por enseñar y compartir sus conocimientos?
—preguntó Kim.
—Oh, sí, más de lo que te imaginas —dijo Meredith—. Muchos creen que ofrece
conferencias, escribe y diseña productos educativos, como su programa de televisión y
su juego de mesa, porque quiere más publicidad o dinero. Aunque en efecto gana más
dinero y la publicidad es buena, su motivación principal es enseñar y educar.
En verdad
quiere que otros sean ricos. Está muy preocupado por la situación financiera que
enfrenta nuestro país y nuestra gente; le inquieta la mala administración de nuestra
economía y la manera en que puede afectar al mundo; se pregunta por qué no se
imparte educación financiera en nuestras escuelas. Por eso es muy generoso con sus
conocimientos.
De repente, alguien tocó la puerta. Era Rhona, la asistente personal de Donald.
—El señor Trump estará con ustedes en cinco minutos, y se disculpa por el retraso. Le
molesta hacer esperar a la gente, pero estaba en una llamada telefónica.
—No se preocupe —dije—. Este tiempo extra con Meredith ha resultado provechoso.
Rhona se retiró y Meredith nos condujo fuera de la sala de juntas. Mientras
contemplaba el lujoso interior recordé los lugares donde yo había trabajado.
—¿Sabes algo? —dije—. Donald y yo tuvimos padres ricos de quienes aprendimos y
para quienes frecuentemente trabajamos.
En muchos sentidos, ambos fuimos
aprendices en nuestra juventud.
—Tal vez lo que tienen en común es que son maestros y que pueden convertirse en
consejeros del mundo —dijo Meredith mientras salíamos de la sala de juntas y
cruzábamos el vestíbulo hacia la oficina de Donald Trump.
La mayoría de los ricos no quieren que los demás sepan cómo se enriquecieron,
mucho menos que conozcan sus fracasos…
Yo quiero que las personas sepan… así es como aprendí tantas cosas. Quiero que las
personas sepan que, ricos o pobres, todos tenemos problemas financieros.
ROBERT T. KIYOSAKI
Encuentro de mentes
—Bienvenidos —dijo Donald poniéndose de pie tras su escritorio—. Perdón por
hacerlos esperar.
—No te preocupes —dije recorriendo con la vista su oficina y contemplando los
premios, placas y regalos que ha recibido de todo el mundo.
Detrás de su escritorio
estaba el equipo de radio que utiliza para su programa radiofónico semanal. Todo era
muy impresionante.
Luego de una charla preliminar, llegamos al motivo original de nuestra reunión.
—Entonces, ¿de qué tratará nuestro libro?
—Creo que todos nos hemos preguntado lo mismo —contesté—. Como hay una
enorme brecha entre nuestras respectivas operaciones de bienes raíces y estados
financieros, no creo que hagamos buen equipo en lo que se refiere al dinero. Después
de todo, tú eres multimillonario y yo un simple millonario.
Donald rió para sí.
—Nunca subestimes ser un millonario.
Miles de millones de personas desearían estar
en tu lugar.
—Lo sé, pero hay una clara diferencia entre millones y miles de millones. Después de
todo, hay muchos millonarios en bancarrota.
—¿Qué quieres decir exactamente?
—Bueno, todos conocemos a personas cuyas casas han aumentado de valor, pero sus
ingresos no. Por ejemplo, un ex compañero de la escuela en Hawai heredó la casa de
sus padres cuando murieron.
Como los precios de los bienes raíces han aumentado
inusitadamente y la casa no tiene deudas, es técnicamente un millonario. Sin embargo,
él y su esposa tienen dificultades financieras porque ganan menos de 90 mil dólares
anuales. Tienen tres hijos en la escuela y no saben cómo pagarán su educación
universitaria.
—Son ricos en pasivos y pobres en efectivo —dijo Donald.
—Sí, son millonarios en el papel, pero clasemedieros en la realidad. Si uno de ellos o
sus hijos enferman, fácilmente podrían terminar en la pobreza.
—Eso ocurre a muchas personas, especialmente cuando se jubilan y dejan de trabajar.
Si enferman, deben vender todo sólo para sobrevivir —agregó Donald con tono
sombrío.
—Y el problema aumentará cuando la generación baby-boom se jubile en algunos
años.
—Sí, lo sé —dijo Donald—. Incluso más que Seguridad Social, Medicare es la mayor
deuda que embarga a nuestro país. No sé cómo se las arreglarán para pagar la
atención médica, medicinas y cuidado para la vejez de 75 millones de nuevos jubilados.
Me preocupa la generación de mis hijos y cómo hará para pagar la dependencia
financiera de nuestra generación en el gobierno.
—Quizá deberíamos escribir sobre eso —dije.
—Bueno, yo ya escribí sobre eso en The America We Deserve, aunque este libro no
despertó el interés que yo esperaba. Creo que es el mejor de los míos porque trata
sobre los problemas que enfrentamos, no sólo sobre cómo hacerse rico. Pero no
vendió tanto como mis otros libros.
—Yo también tengo uno así —dije—. Es Rich Dad’s Prophecy, publicado en 2002.
Habla sobre la desaparición del mercado bursátil cuando los baby boomers se jubilen
y sobre la insuficiencia de nuestros planes 401(k). También trata de cómo muchos
trabajadores perderán sus pensiones y jubilaciones en el futuro cercano.
—¿Y no vendió tampoco?
—No; igual que en tu caso, muchos dijeron que era mi mejor libro, pero las ventas no
reflejaron ese juicio. Lo peor fueron las publicaciones de Wall Street, que no creyeron
en mis predicciones.
—¿Qué ocurrió?
—Estuve molesto un tiempo y me sentí frustrado. Pero luego, hace apenas unos
meses, The New York Times Magazine y TIME Magazine publicaron en sus
reportajes principales prácticamente lo mismo que yo dije en 2002.
—¿Y qué decían?
Como yo llevaba ambas publicaciones para el programa de la PBS, las saqué de mi
portafolios. En la edición del 31 de octubre de 2005 de TIME Magazine, el titular de
portada dice: “La gran estafa de la jubilación”, y el subtítulo, “A millones de
estadounidenses que esperan jubilación subsidiada les espera una desagradable
sorpresa. Cómo las corporaciones saquean el bolsillo de los contribuyentes… con la
ayuda del Congreso”.
—¡Sí! Leí eso —dijo Donald—. Recuerdo esa parte sobre las corporaciones que
saquean los bolsillos con ayuda del Congreso. El artículo decía que los ricos roban
legalmente a los trabajadores, con ayuda del gobierno.
—Es lo mismo que leí.
—Y, ¿qué dijo New York Times Magazine?
Al hablar sobre la segunda publicación, dije:
—Bien, la portada del 30 de octubre de 2005 dice: “Lamentamos informarle que ya no
cuenta con pensión”, y como subtítulo, “La siguiente debacle financiera de Estados
Unidos”.
Donald asintió con la cabeza
—A ti y a mí nos preocupan las mismas cosas.
—Eso parece.
Por eso enseño, escribo y diseño juegos de mesa. No es por el dinero,
aunque es bueno. Hay maneras mucho más sencillas de ganarlo. Yo enseño y diseño
productos educativo debido a una profunda preocupación. Creo que nuestro país está
en problemas, así como millones de estadounidenses.
—Yo también —dijo Donald—. Cuando tú y yo damos conferencias para The Learning
Annex, viajamos durante dos días sólo para ofrecer una plática.
Es mucho tiempo y
energía para una conferencia de dos horas. Como dices, hay maneras mucho más
sencillas de ganar dinero.
Kim y yo asentimos con la cabeza al mismo tiempo. Kim, quien también enseña,
agregó:
—Todos ganamos más y con mayor facilidad en bienes raíces y otras inversiones, pero
enseñar es nuestra pasión. Es una pasión que nos pone en esos aviones para volar
todo el día, quedarnos una noche, ofrecer una breve plática y volar de regreso a casa.
Claro que no es por el dinero.
Donald estuvo de acuerdo:
—Cuando hablamos frente a miles de personas en los encuentros de The Learning
Annex, ¿no sientes compasión por ellos? Gastan su dinero y ocupan su tiempo para
escucharnos.
Aunque algunos ya son ricos y otros lo serán, muchos vivirán en una
constante lucha financiera. Eso me rompe el corazón.
—Tal vez de eso deben escribir —dijo Meredith—. Quizá las personas necesitan saber
por qué ustedes quieren que sean ricas, cuáles son sus preocupaciones.
—Y también por qué siguen trabajando aunque no lo necesitan —intervino Kim—.
Ambos tienen dinero suficiente pero no pretenden retirarse. ¿Por qué no escriben sobre
lo que los mantiene en marcha, lo que en realidad los motiva? ¿No es más importante
la motivación que el dinero?
—Bueno, yo enseño porque me gusta hacerlo —dijo Donald—. Pero en verdad estoy
preocupado. Ojalá me equivoque, pero creo que Estados Unidos está en dificultades
financieras; que la administración de nuestro gobierno ha sido pésima. No digo que sea
culpa de los demócratas o de los republicanos, es absurdo culpar a uno u otro grupo.
Temo que la clase media está en peligro y está desapareciendo sin importar qué
partido gobierna.
Como he repetido frecuentemente, temo que muchos clasemedieros
de hoy se conviertan en los nuevos pobres o, peor aún, que vayan cayendo poco a
poco en la pobreza, incluso después de años de trabajo duro.
—Quizá deberíamos escribir sobre cómo acabar con la pobreza mediante la educación
financiera —dije—. Después de todo, la ausencia de educación financiera nos ha
metido en este embrollo. ¿Por qué no dejar que nos saque de él?
—Buena idea, pero necesitamos que las personas sepan salvarse a sí mismas antes
de pretender acabar con la pobreza mundial, lo cual puede requerir mucho tiempo.
Necesitamos hacer primero eso, antes de aspirar a cambiar el sistema educativo.
Y continuó:
—En unos cuantos años, millones de baby boomers se jubilarán y el gobierno deberá
admitir que no tiene dinero.
El precio del petróleo está por las nubes, nuestro dólar
pierde valor, la inflación está fuera de control, y seguimos en guerra en Medio Oriente.
Debemos tener respuestas ahora para quienes están buscándolas; debemos enseñar a
las personas ahora, no mañana, a hacerse ricas o al menos a sobrevivir los próximos
años.
En ese momento supe por qué estábamos juntos para escribir un libro.
El recuento de Donald
Conocer a Robert fue una de esas grandes sorpresas que la vida nos brinda de vez en
cuando. Conocía sus logros, a saber, que había vendido millones de libros y había
permanecido en la lista de bestsellers de The New York Times por cinco años. Estos
no son logros menores.
Esperaba que fuera una persona muy enérgica, intimidante
incluso.
Tuve razón en cuanto a lo enérgico: de Robert emana una energía positiva que toca a
cuantos están a su alrededor. No parece ser algo intencional sino natural. Eso me
impresionó. Lo que me ganó completamente fue que es muy humilde, muy sencillo,
incluso modesto. ¿Este es el hombre que ha vendido 26 millones de libros? Increíble.
Me pregunté si era una farsa, una fachada, un papel que representaba por alguna
razón. A veces puedo ser escéptico.
Pronto descubrí que Robert era sincero. Luego de hablar con él un par de veces supe
que era auténtico y que disfrutaba enseñar casi tanto como lo hago yo.
Cuando le
conté que la única razón por la que había aceptado hacer El aprendiz era que tenía un
trasfondo educativo, Robert me dijo: “Donald, tú eres un maestro, más que ninguna otra
cosa”. Creo que sólo otro maestro podía descubrirlo.
Hablamos sobre la importancia de la educación y mencionó el aspecto didáctico de El
aprendiz. Asimismo, comentó que cada semana él y Kim aprendían algo del programa.
Le pregunté qué emprendería si tuviera el éxito garantizado, y rápidamente contestó:
“Encontraríamos maneras de llegar y enseñar a muchas más personas”.
Tal como le comenté en The Learning Annex en Chicago: yo era el autor número uno
en negocios y él el autor más importante en finanzas personales. Juntos tendríamos la
gran oportunidad de llegar a millones de personas, pero sobre todo, de divertirnos.
Robert comprendió mis intenciones al instante, y me gustó que quisiera considerar la
propuesta antes de comprometerse.
Yo sabía que era una persona reflexiva, que haría
un examen introspectivo para tomar la decisión correcta. Cuando nos reunimos en mi
oficina de Nueva York unas semanas después, lo primero que dijo fue: “Debo admitir
que al principio me sentí un poco intimidado. Tuve una lucha interna: no sabía si
teníamos suficientes cosas en común. Pero ganó la mejor parte de mí, la que rechaza
la autocomplacencia”. Robert fue honesto consigo y conmigo, y comprendí por qué sus
libros han tenido ese éxito colosal.
Escribir puede ser divertido pero exige mucho trabajo, y mi agenda no permite muchas
actividades extracurriculares, como lo es para mí la escritura. Pero ansiaba trabajar
duro en algo nuevo, especialmente con alguien que compartiera mis preocupaciones y
esperanzas.
Emerson dijo: “El educador es quien hace fácil lo difícil”. Y también: “El conocimiento
existe para impartirse”.
Cuando hace años leí Padre rico, padre pobre, antes de conocer a Robert, recuerdo
haber pensado que él tenía talento para facilitar el entendimiento de las cosas. Es una
especie de narrador, y ésa es una de las claves para hacer las cosas accesibles a las
personas. Por eso también es un gran orador, y con frecuencia se ha dicho lo mismo
de mí. No sé si esa habilidad de cuentacuentos sea innata, pero nos ha permitido
ayudar a los demás, y utilizar historias para simplificar temas aparentemente
complejos.
Sé que al pensar en mí, muchos dicen: “Ah, el multimillonario”.
Es como si me cerraran
la puerta en las narices. Mi hijo, Don Jr., ha dicho que soy como un obrero con un gran
capital. Ha pasado mucho tiempo conmigo y sabe que, en el fondo, soy una persona
simple. No es que sea simplón, pero mi enfoque suele ser sencillo. Y aunque lo que
hago puede ser muy complejo, también sé desmenuzar. Nadie comienza con un
rascacielos completo; se empieza con unos planos y los cimientos. Sé que las cosas
requieren tiempo y paciencia, y eso incluye a la educación.
Si has visto El aprendiz, sabes que somos duros con los aprendices porque en la vida
real no hay mucho espacio ni compasión para las excusas. Como dice el dicho: “La
vida no es un ensayo general”.
Es la realidad. Por eso es necesario correr cierto riesgo
si quieres destacar. Robert y yo deseamos que ese riesgo resulte menos amenazador y
un poco más tolerable.
Mis conocidos se sorprendieron al saber que iba a colaborar con otro empresario para
escribir un libro. A los empresarios nos gusta tener el control, y compartirlo no es una
situación atractiva. Pero cuando conoces a alguien que está en la misma longitud de
onda que tú en tantos aspectos, se convierte en un placer. La unión nos hace más
fuertes.
De hecho, una de las debilidades de muchos visionarios y empresarios es la
incapacidad para comunicar su visión y metas. El camino puede ser muy solitario y, el
viejo dicho: “No hay compañía en la cúspide”, puede ser muy cierto.
A los empresarios nos gusta intentar cosas nuevas.
Este tipo de colaboración fue
nueva para Robert y para mí, y creo que nos hemos enriquecido mutuamente como
educadores, conferencistas y personas al juntar nuestras distintas personalidades para
lograr una unidad de amplio alcance y fácil de comprender. ¿De qué sirve tener
grandes conocimientos si no los compartes?
Hay otro detalle divertido: los empresarios suelen evitar el trabajo en equipo; quieren
tener el control, hacer las cosas en solitario, conseguirlas por sí mismos, y punto. Al
menos es lo que dicen los expertos al analizar los tipos de personalidad adecuados
para el empresario.
Supongo que Robert y yo no encajamos en ese molde, pero eso no
nos molesta.
El resultado de este proceso cobró vida propia y se convirtió en más que un simple
libro: se transformó en un ejemplo viviente de lo que hemos trabajado y experimentado
desde nuestro primer encuentro hasta el día que terminamos el primer borrador. Pronto
se convirtió en un interés común ofrecer educación financiera a todo aquel que quiera
una vida mejor, en una época en que todos necesitamos estar equipados
financieramente para el futuro.
Este libro es para todo aquel que quiera avanzar y salir
de su zona de comodidad. No importa si ya eres millonario o aún no; estas lecciones
son útiles para todos sin importar su actual situación financiera.
Espero que aprendas y te diviertas con este proceso. No hay nada de aburrido en los
negocios, como pronto descubrirás. Robert y yo tenemos algo más en común: no nos
gusta aburrirnos; nos gusta actuar. Así pues, presta atención, concéntrate y diviértete.
Queremos que seas rico tiene mucho que ofrecer. ¡Prepara tu antena y permanece en
sintonía!
¿De qué sirve tener grandes conocimientos si no los compartes?
DONALD J. TRUMP

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