sábado, 2 de mayo de 2015

Un millonario conoce a un multimillonario

El recuento de Robert Chicago, 
6 de noviembre de 2005 Domingo por la tarde. Decenas de miles de personas asisten a una gran exposición de bienes raíces organizada por The Learning Annex en Chicago. El centro de convenciones está lleno de exhibidores, anuncios de inversiones y oportunidades para enriquecerse. 

En aulas más pequeñas, los instructores comparten su conocimiento y sabiduría sobre cómo los asistentes pueden amasar sus propias fortunas. El cavernoso centro está inundado de un rumor contagioso. 

Todos están emocionados por lo que aprenden y por cómo pueden cambiar su destino financiero. Tras bambalinas, en la enorme sala donde trabajan los equipos de producción, se siente una emoción distinta, silenciosa, eléctrica. Una limusina larga y negra se detiene y las personas comienzan a murmurar: “¡Ya está aquí! ¡Ya llegó Donald Trump!” Yo estoy con mi compañera y coautora, Sharon Lechter, en el salón verde, una habitación privada donde los conferencistas principales esperan antes de subir al escenario, por lo que no presencio la llegada de la limusina. 

Pero cuando veo a dos policías cruzar la puerta del salón verde, descubro que Donald Trump está a punto de entrar. Salgo apresuradamente para abrirles paso a él y a su comitiva. Desde fuera del salón verde observo una figura alta e imponente bajar de la limusina. No puede ser otro que Donald Trump, cuya silueta es conocida en todo el mundo gracias al programa El aprendiz. Los afortunados que contábamos con pases para estar tras bambalinas, formamos espontáneamente dos filas. Como si hubiera sido preparado, Donald Trump camina entre las dos hileras de admiradores, sonriendo y asintiendo con la cabeza. 

Es un saludo reservado para la realeza y jefes de estado. Si hubiéramos estado en Hollywood, habría alfombra roja. Bill Zanker, fundador y presidente de The Learning Annex, recibe a Donald, lo conduce al salón verde y cierra la puerta. “¡Dios mío!”, dice asombrada una joven. “¡Es más imponente en la vida real!” “¡No puedo creer lo alto que es!”, dice una más. “¿Viste su cabello?”, pregunta otra. Casi todos los hombres del grupo permanecemos en silencio. La puerta del salón verde se abre de repente. Quienes alcanzan a mirar dentro ven a Donald hablar con los reporteros. Bill Zanker sale y se me acerca. “¿Estás listo para presentar a Donald?”, me pregunta. “El Robert Kiyosaki de Padre Rico presentando a Donald. El público está encantado.” Donald Trump sale del salón verde y se dirige a donde Bill y yo estamos. Luego de unas palabras en privado con Bill, Donald voltea hacia mí y dice: —Hola de nuevo. ¿Tú me vas a presentar? Yo asiento con la cabeza. —Genial. 

Veo que sigues en la lista de bestsellers de The New York Times. Es impresionante. Luego, bajando la voz un poco, me dice: —Quiero hablar contigo de algo. ¿Tienes tiempo ahora? —Por supuesto. —Tú eres el autor número uno en finanzas personales, y yo soy el autor número uno en negocios. Deberíamos escribir un libro juntos. ¿Qué te parece? Atónito por la oferta, me quedo sin habla. —Es una gran idea —dice Bill Zanker llenando el vacío creado por mi silencio—. Definitivamente sería un bestseller. Finalmente me repongo y, débilmente, contesto: —Gran idea. Hagámoslo. Sé que Donald no acostumbra dar la mano, así que le extiendo la mía para comprobar si habla en serio acerca del libro. 

Así es, y nos damos la mano. Entonces, Donald voltea hacia Keith, su imponente guardaespaldas, y le dice: “Dale a Robert mi tarjeta”. De repente, Keith, el guardaespaldas de 1.90 metros de altura, deja de ser una figura intimidante, sonríe, saca un tarjetero de oro y me extiende una tarjeta de presentación de Donald Trump. —Llámame la próxima vez que vayas a Nueva York y armamos el libro. Te presentaré a Meredith. Ella nos ayudará en el proyecto. 

En ese momento presento a Donald y Sharon y, una vez más, nos damos la mano. Es hora del espectáculo; me doy la vuelta y me dirijo al escenario del salón principal, donde más de 24 mil admiradores de Chicago esperan a Donald Trump. Tan pronto termino mi breve presentación, empieza a escucharse el tema del exitosísimo programa El aprendiz; miles de globos dorados caen del techo, y la multitud estalla en aplausos mientras Donald Trump sube al escenario. 


El largo regreso a casa En el viaje de regreso de Chicago a Phoenix empiezo a asimilar la realidad de aquel apretón de manos. “¿Quién soy yo para escribir un libro con Donald Trump?”, me preguntaba una y otra vez. “¿Y de qué vamos a escribir?” —¿Gusta una manta? —me pregunta la azafata sacándome bruscamente de mi confusión. —No, gracias —respondo con una sonrisa. 

Tan pronto se fue la azafata, surgió una idea en mi cabeza: “Podríamos escribir sobre bienes raíces”. Con ese pensamiento respingó mi crítico interno, quien me había torturado desde que me propusieron la idea del libro. El crítico preguntaba cínicamente: “¿Tú y Donald Trump escribiendo un libro sobre bienes raíces? En el mundo de bienes raíces, Donald Trump está en las ligas mayores y tú en las menores. Él construye rascacielos en Nueva York; ¿qué tienes tú? Algunos edificios residenciales, unas cuantas construcciones comerciales de pocos pisos y algunas tierras. 

Además, él es multimillonario y tú sólo millonario”. Hasta ese momento me sentía bastante satisfecho con lo que había alcanzado en mi vida, pero al considerar escribir un libro con Donald Trump, mis éxitos y logros me parecieron pequeños e intrascendentes. 

En vez de sentirme honrado porque Donald Trump me había pedido escribir un libro con él, me sentía miserable. “¿De qué podríamos escribir?”, me preguntaba incesantemente mientras el avión volaba de Chicago a Phoenix. Dos largas semanas Aunque Donald me pidió llamar a Meredith McIver, quien él quería que coordinara el libro, no lo hice de inmediato. Finalmente, al cabo de dos semanas, Bill Zanker llamó desde Nueva York y me preguntó: —¿Ya hablaste con Donald? —No. —¿Por qué? —Por “gallina” —le contesté imitando los sonidos de esa ave—. Además, ¿de qué vamos a escribir? Los dos somos empresarios y los dos invertimos en bienes raíces, pero sus estados financieros tienen bastantes más ceros que los míos. —Oh, por favor —dijo Bill—. Has vendido más de 26 millones de ejemplares de tus libros. Te conocen en todo el mundo. Has estado en la lista de bestsellers de The New York Times cinco años. ¡Cinco años! Sólo otros tres libros han durado tanto. No te subestimes.

 Ambos venden millones de ejemplares. —Sí —respondí tímidamente—, pero aun así, él tiene más ceros y más comas. Sus edificios son más altos. 

Tiene un programa de éxito en la hora de mayor audiencia. Ambos jugamos golf, pero él es dueño de los campos. ¿De qué vamos a escribir? —Robert, sólo llama a Meredith y lo descubrirás —dijo amablemente Bill—. Sólo háblale. Está esperando tu llamada. Márcale ahora. —Está bien, está bien —respondí—. La llamaré ahora. Y antes de que perdiera el valor, colgué con Bill y marqué el número de Meredith. —Hola, estás hablando con Meredith McIver. Así nació este libro. 

La sala de juntas 12 de diciembre de 2005 Fui a Nueva York parar grabar un programa de televisión para la PBS y para una cita con Yahoo! Finance. Como iba a viajar a Nueva York de todos modos, Meredith y yo acordamos reunirnos para buscar el tema perfecto para el libro. El 12 de diciembre, mi esposa Kim y yo tomamos un taxi hacia la oficina de Donald Trump, y no sólo a su oficina: a su edificio de oficinas. Quienes han visto El aprendiz estarán familiarizados con el recibidor dorado de la Torre Trump en la famosa Quinta Avenida de Nueva York. 

Parado en la acera como un pueblerino, me incliné hacia atrás mientras mi vista trepaba a las alturas, piso tras piso, hasta que mis ojos alcanzaron finalmente el punto donde el edificio y el cielo se encuentran. 

La Torre Trump es, sin lugar a dudas, mucho más grande que cualquiera de los edificios que Kim y yo poseemos. Aunque había pasado frente a ella muchas veces, me parecía mucho más alta ahora que iba a entrar para reunirme con Donald Trump en persona. Estar en la Quinta Avenida me trajo muchos recuerdos. Recordé haber alzado la vista para ver edificios como éste la primera vez que estuve en Nueva York, para iniciar cursos en la Merchant Marine Academy, en 1965. Yo era un humilde y joven hawaiano que visitaba por vez primera la gran ciudad, y no se me hubiera permitido entrar en edificios como éste. En aquella época estaba de moda la película El graduado, y mis amigos y yo rondábamos la zona con la esperanza de encontrar a nuestra señora Robinson. 


Ahí estaba yo, 40 años después, invitado por Donald Trump a su oficina y a su edificio. En ese instante hice un importante recuento de mi vida. La mayoría de las personas me considera muy exitoso; he ganado y perdido millones de dólares siguiendo los principios que comparto en los libros de la serie Padre Rico. Pero estando ahí, frente a la Torre Trump, descubrí de golpe cuán lejos había llegado. Fue un sentimiento increíble. Recordé una de las frases favoritas de Donald: “¡Piensa en grande!” Por el simple hecho de estar parado frente a ese edificio, me di cuenta de que mi pensamiento era mucho más grande ese día que cuando fui a Nueva York por vez primera. “¡Vaya!”, dije en voz alta. Kim simplemente apretó mi mano. Respiré profundo y entré con Kim a la Torre Trump. Nos dirigimos a los elevadores, donde nos abordaron unos guardias de seguridad. 

Una vez registrados, entramos al elevador y subimos a uno de los pisos más altos, donde Donald dirige su imperio. Si has visto El aprendiz, estás familiarizado con la entrada a la oficina del señor Trump, y con la atractiva recepcionista que cuida la puerta. (Un dato para los curiosos: Donald mandó construir una réplica de su oficina unos pisos abajo de la oficina real, para el programa de televisión. En vez de entrar a su auténtica sala de juntas, baja por el elevador y entra a la réplica.) Aunque yo había visto el programa muchas veces, nunca, y quiero decir nunca, pensé que un día yo entraría al mundo de Donald Trump. 

Fue una experiencia extraña sentir que estaba en el set del programa. Mi mente viajaba una y otra vez del programa de televisión a la vida real, y viceversa. Quien nos recibió primero, una vez que la recepcionista nos invitó a sentarnos, fue Keith, el enorme guardaespaldas de Donald Trump. 

Cuando nos vio, nos saludó calurosamente, como si fuéramos viejos amigos. Se sentó junto a nosotros y nos hizo sentir en casa. Me sorprendió cuán simpático fue al hablarnos de su ocupación anterior, detective en Nueva York, y su trabajo actual como guardaespaldas personal de Donald. 

Estuvo con nosotros, nos ofreció agua y nos hizo compañía hasta que la puerta de la oficina principal se abrió y entró Meredith. Meredith es la clásica joven ejecutiva de la ciudad de Nueva York: una atractiva mujer que podría sentirse en casa en Londres, París, Sydney, Tokio, Toronto o Pekín. Extendió la mano y nos sonrió cálidamente diciendo: “Me da mucho gusto conocerlos al fin”. 

Luego de agradecer a Keith su amabilidad, Kim y yo seguimos a Meredith y cruzamos las puertas de cristal para llegar a la sala de juntas, la auténtica. Mientras nos sentábamos, recordé de nuevo escenas del programa de televisión, con los candidatos a aprendiz sentados frente a Donald y sus consejeros. Yo pensaba en silencio: “¿Qué haces aquí? ¿Cómo llegaste a este lugar?” (En realidad, mis palabras fueron: “¿Qué (pitido) hago aquí?”, y, “¿Cómo (pitido) llegué a este lugar?” Estoy seguro de que más de un aprendiz ha pensado lo mismo. Luego de charlar unos minutos, Meredith preguntó: —¿De qué te gustaría escribir? —Bueno, me preocupa mucho la pobreza —contesté—. Creo que podríamos escribir sobre lo que haremos para terminar con ella. El título podría ser “Para terminar con la pobreza”. Meredith asintió con la cabeza. —Ese podría ser un buen tema. —También me preocupa que los ricos son cada vez más ricos y que Estados Unidos, como país, es cada vez más pobre. Podríamos escribir sobre la desaparición de las clases media y baja, de cómo los trabajos mejor pagados se importan de China e India. 

Asimismo, desde hace mucho me preocupa la desaparición de las pensiones y la bancarrota de la Seguridad Social y Medicare, ahora que los baby boomers empiezan a jubilarse. —Al señor Trump le preocupan los mismos problemas —dijo Meredith—. Escribió un gran libro al respecto. — The America We Deserve —dijo Kim. —Sí —dijo Meredith—. Escribió sobre su preocupación por estos problemas así como sobre la amenaza de ataques terroristas, incluso antes del 11 de septiembre. —¿Antes del 11 de septiembre? —preguntó Kim. Meredith asintió con la cabeza. —Dedicó una sección entera no sólo al terrorismo sino al descontrol de la deuda pública. Pero no simplemente señala los problemas; también ofrece sus propias soluciones. Kim asintió. Le había encantado ese libro. —El señor Trump es mucho más que programas de televisión, desfiles de belleza, casinos y bienes raíces —continuó Meredith—. Cualquier persona interesada en los problemas mundiales y en su solución debe leer este libro. —Definitivamente, tenemos intereses comunes —dije—. Sin ir más lejos, nos conocimos en The Learning Annex. 

Hemos sido maestros para esa organización durante años. Me llama la atención que una celebridad tan rica y famosa como el señor Trump vaya a hablar para el público en general. De hecho, siempre he querido saber por qué enseña. Pero como siempre andamos con prisa, nunca he podido preguntarle. —Es un maestro nato —dijo Meredith—. Lo he comprobado en los años que llevo trabajando para él. Sólo piensa en El aprendiz; cuando Mark Burnett le presentó la idea del programa, el señor Trump insistió en que debía tener un valor educativo, o no lo haría. —Es cierto —dijo Kim—. Yo espero las lecciones de negocios, y me gusta ver cómo maneja las diferentes situaciones. Pero lo mejor de todo es cuando revela el proceso de pensamiento detrás de sus actos. Me gusta saber por qué despide a alguien. — El aprendiz es entretenido y educativo —dije—. 

No siento que al verlo desperdicie mi tiempo. Siempre aprendo algo práctico, algo que puedo usar. —Quizá el punto de partida para este libro sea que ambos son maestros —intervino Kim—. Después de todo, ambos son empresarios e inversionistas en bienes raíces. Tú fundaste una compañía minera para la extracción de oro en China y salió a la Bolsa; también una para la inversión en bienes raíces, una compañía minera en Sudamérica para la extracción de plata, y una compañía petrolera. Muchos saben eso, tal como saben de la Torre Trump y de Trump Place. —Pero no encontré petróleo —dije sarcásticamente. Kim rió y dijo: —No todos los negocios tienen éxito. —Y el señor Trump no siempre ha tenido éxito —agregó Meredith—. También ha tenido sus dificultades. —Habló con mucha franqueza sobre sus dificultades financieras en The Art of the Comeback —dijo Kim—. Ése también fue un gran libro. Meredith sonrió y asintió con la cabeza: —A pesar de sus dificultades financieras, ambos han sido muy francos acerca de sus éxitos y fracasos. Dime, ¿por qué has sido tan abierto al hablar de tus problemas financieros? —Porque quiero que las personas sepan… así es como aprendí tantas cosas. Quiero que las personas sepan que, ricos o pobres, todos tenemos problemas financieros. —¡Exacto! El señor Trump piensa igual. Quiere sinceramente que las personas aprendan. Por eso comparte triunfos y fracasos. ¿Cuántos millonarios lo harían? —No muchos —dije—. La mayoría de los ricos no quieren que los demás sepan cómo se enriquecieron, mucho menos que conozcan sus fracasos, y eso incluye a la familia de mi padre rico. —¿A qué te refieres? Miré a Kim y ella me sonrió de manera tranquilizadora. —Cuando terminé de escribir Padre rico, padre pobre, llevé el libro a su familia, y ellos me pidieron que no se revelara su apellido en el libro, aunque no decía nada malo de mi padre rico. 

Simplemente no querían que nadie supiera cómo se habían enriquecido. Así, por respeto a su decisión, no he revelado el nombre de mi padre rico. —¿Y eso te ha causado problemas? —preguntó Meredith. —Sí —contesté—. Algunos me han llamado mentiroso porque creen que mi padre rico no existió. —Es ridículo —dijo Kim mostrando frustración; era un tema delicado para nosotros—. Todo lo que Robert hizo es respetar los deseos de las personas que quiere. 

La mayoría de los ricos prefieren guardarse los secretos de su éxito. —Y es ahí donde tú y el señor Trump se distinguen de los demás ricos —dijo Meredith sonriendo—. Ambos son maestros y desean compartir lo que saben, a pesar de las críticas. —¿Al señor Trump también lo critican por enseñar y compartir sus conocimientos? —preguntó Kim. —Oh, sí, más de lo que te imaginas —dijo Meredith—. Muchos creen que ofrece conferencias, escribe y diseña productos educativos, como su programa de televisión y su juego de mesa, porque quiere más publicidad o dinero. Aunque en efecto gana más dinero y la publicidad es buena, su motivación principal es enseñar y educar. 

En verdad quiere que otros sean ricos. Está muy preocupado por la situación financiera que enfrenta nuestro país y nuestra gente; le inquieta la mala administración de nuestra economía y la manera en que puede afectar al mundo; se pregunta por qué no se imparte educación financiera en nuestras escuelas. Por eso es muy generoso con sus conocimientos. De repente, alguien tocó la puerta. Era Rhona, la asistente personal de Donald. —El señor Trump estará con ustedes en cinco minutos, y se disculpa por el retraso. Le molesta hacer esperar a la gente, pero estaba en una llamada telefónica. —No se preocupe —dije—. Este tiempo extra con Meredith ha resultado provechoso. Rhona se retiró y Meredith nos condujo fuera de la sala de juntas. Mientras contemplaba el lujoso interior recordé los lugares donde yo había trabajado. —¿Sabes algo? —dije—. Donald y yo tuvimos padres ricos de quienes aprendimos y para quienes frecuentemente trabajamos. 

En muchos sentidos, ambos fuimos aprendices en nuestra juventud. —Tal vez lo que tienen en común es que son maestros y que pueden convertirse en consejeros del mundo —dijo Meredith mientras salíamos de la sala de juntas y cruzábamos el vestíbulo hacia la oficina de Donald Trump. La mayoría de los ricos no quieren que los demás sepan cómo se enriquecieron, mucho menos que conozcan sus fracasos… Yo quiero que las personas sepan… así es como aprendí tantas cosas. Quiero que las personas sepan que, ricos o pobres, todos tenemos problemas financieros. ROBERT T. KIYOSAKI Encuentro de mentes —Bienvenidos —dijo Donald poniéndose de pie tras su escritorio—. Perdón por hacerlos esperar. —No te preocupes —dije recorriendo con la vista su oficina y contemplando los premios, placas y regalos que ha recibido de todo el mundo. 

Detrás de su escritorio estaba el equipo de radio que utiliza para su programa radiofónico semanal. Todo era muy impresionante. Luego de una charla preliminar, llegamos al motivo original de nuestra reunión. —Entonces, ¿de qué tratará nuestro libro? —Creo que todos nos hemos preguntado lo mismo —contesté—. Como hay una enorme brecha entre nuestras respectivas operaciones de bienes raíces y estados financieros, no creo que hagamos buen equipo en lo que se refiere al dinero. Después de todo, tú eres multimillonario y yo un simple millonario. Donald rió para sí. —Nunca subestimes ser un millonario. 

Miles de millones de personas desearían estar en tu lugar. —Lo sé, pero hay una clara diferencia entre millones y miles de millones. Después de todo, hay muchos millonarios en bancarrota. —¿Qué quieres decir exactamente? —Bueno, todos conocemos a personas cuyas casas han aumentado de valor, pero sus ingresos no. Por ejemplo, un ex compañero de la escuela en Hawai heredó la casa de sus padres cuando murieron. 

Como los precios de los bienes raíces han aumentado inusitadamente y la casa no tiene deudas, es técnicamente un millonario. Sin embargo, él y su esposa tienen dificultades financieras porque ganan menos de 90 mil dólares anuales. Tienen tres hijos en la escuela y no saben cómo pagarán su educación universitaria. —Son ricos en pasivos y pobres en efectivo —dijo Donald. —Sí, son millonarios en el papel, pero clasemedieros en la realidad. Si uno de ellos o sus hijos enferman, fácilmente podrían terminar en la pobreza. —Eso ocurre a muchas personas, especialmente cuando se jubilan y dejan de trabajar. Si enferman, deben vender todo sólo para sobrevivir —agregó Donald con tono sombrío. —Y el problema aumentará cuando la generación baby-boom se jubile en algunos años. —Sí, lo sé —dijo Donald—. Incluso más que Seguridad Social, Medicare es la mayor deuda que embarga a nuestro país. No sé cómo se las arreglarán para pagar la atención médica, medicinas y cuidado para la vejez de 75 millones de nuevos jubilados. 

Me preocupa la generación de mis hijos y cómo hará para pagar la dependencia financiera de nuestra generación en el gobierno. —Quizá deberíamos escribir sobre eso —dije. —Bueno, yo ya escribí sobre eso en The America We Deserve, aunque este libro no despertó el interés que yo esperaba. Creo que es el mejor de los míos porque trata sobre los problemas que enfrentamos, no sólo sobre cómo hacerse rico. Pero no vendió tanto como mis otros libros. —Yo también tengo uno así —dije—. Es Rich Dad’s Prophecy, publicado en 2002. 

Habla sobre la desaparición del mercado bursátil cuando los baby boomers se jubilen y sobre la insuficiencia de nuestros planes 401(k). También trata de cómo muchos trabajadores perderán sus pensiones y jubilaciones en el futuro cercano. —¿Y no vendió tampoco? —No; igual que en tu caso, muchos dijeron que era mi mejor libro, pero las ventas no reflejaron ese juicio. Lo peor fueron las publicaciones de Wall Street, que no creyeron en mis predicciones. —¿Qué ocurrió? —Estuve molesto un tiempo y me sentí frustrado. Pero luego, hace apenas unos meses, The New York Times Magazine y TIME Magazine publicaron en sus reportajes principales prácticamente lo mismo que yo dije en 2002. —¿Y qué decían? Como yo llevaba ambas publicaciones para el programa de la PBS, las saqué de mi portafolios. En la edición del 31 de octubre de 2005 de TIME Magazine, el titular de portada dice: “La gran estafa de la jubilación”, y el subtítulo, “A millones de estadounidenses que esperan jubilación subsidiada les espera una desagradable sorpresa. Cómo las corporaciones saquean el bolsillo de los contribuyentes… con la ayuda del Congreso”. —¡Sí! Leí eso —dijo Donald—. Recuerdo esa parte sobre las corporaciones que saquean los bolsillos con ayuda del Congreso. El artículo decía que los ricos roban legalmente a los trabajadores, con ayuda del gobierno. —Es lo mismo que leí. —Y, ¿qué dijo New York Times Magazine? Al hablar sobre la segunda publicación, dije: —Bien, la portada del 30 de octubre de 2005 dice: “Lamentamos informarle que ya no cuenta con pensión”, y como subtítulo, “La siguiente debacle financiera de Estados Unidos”. Donald asintió con la cabeza —A ti y a mí nos preocupan las mismas cosas. —Eso parece.

Por eso enseño, escribo y diseño juegos de mesa. No es por el dinero, aunque es bueno. Hay maneras mucho más sencillas de ganarlo. Yo enseño y diseño productos educativo debido a una profunda preocupación. Creo que nuestro país está en problemas, así como millones de estadounidenses. —Yo también —dijo Donald—. Cuando tú y yo damos conferencias para The Learning Annex, viajamos durante dos días sólo para ofrecer una plática. 

Es mucho tiempo y energía para una conferencia de dos horas. Como dices, hay maneras mucho más sencillas de ganar dinero. Kim y yo asentimos con la cabeza al mismo tiempo. Kim, quien también enseña, agregó: —Todos ganamos más y con mayor facilidad en bienes raíces y otras inversiones, pero enseñar es nuestra pasión. Es una pasión que nos pone en esos aviones para volar todo el día, quedarnos una noche, ofrecer una breve plática y volar de regreso a casa. Claro que no es por el dinero. Donald estuvo de acuerdo: —Cuando hablamos frente a miles de personas en los encuentros de The Learning Annex, ¿no sientes compasión por ellos? Gastan su dinero y ocupan su tiempo para escucharnos. 

Aunque algunos ya son ricos y otros lo serán, muchos vivirán en una constante lucha financiera. Eso me rompe el corazón. —Tal vez de eso deben escribir —dijo Meredith—. Quizá las personas necesitan saber por qué ustedes quieren que sean ricas, cuáles son sus preocupaciones. —Y también por qué siguen trabajando aunque no lo necesitan —intervino Kim—. Ambos tienen dinero suficiente pero no pretenden retirarse. ¿Por qué no escriben sobre lo que los mantiene en marcha, lo que en realidad los motiva? ¿No es más importante la motivación que el dinero? —Bueno, yo enseño porque me gusta hacerlo —dijo Donald—. Pero en verdad estoy preocupado. Ojalá me equivoque, pero creo que Estados Unidos está en dificultades financieras; que la administración de nuestro gobierno ha sido pésima. No digo que sea culpa de los demócratas o de los republicanos, es absurdo culpar a uno u otro grupo. Temo que la clase media está en peligro y está desapareciendo sin importar qué partido gobierna. 

Como he repetido frecuentemente, temo que muchos clasemedieros de hoy se conviertan en los nuevos pobres o, peor aún, que vayan cayendo poco a poco en la pobreza, incluso después de años de trabajo duro. —Quizá deberíamos escribir sobre cómo acabar con la pobreza mediante la educación financiera —dije—. Después de todo, la ausencia de educación financiera nos ha metido en este embrollo. ¿Por qué no dejar que nos saque de él? —Buena idea, pero necesitamos que las personas sepan salvarse a sí mismas antes de pretender acabar con la pobreza mundial, lo cual puede requerir mucho tiempo. Necesitamos hacer primero eso, antes de aspirar a cambiar el sistema educativo. Y continuó: —En unos cuantos años, millones de baby boomers se jubilarán y el gobierno deberá admitir que no tiene dinero.

 El precio del petróleo está por las nubes, nuestro dólar pierde valor, la inflación está fuera de control, y seguimos en guerra en Medio Oriente. Debemos tener respuestas ahora para quienes están buscándolas; debemos enseñar a las personas ahora, no mañana, a hacerse ricas o al menos a sobrevivir los próximos años. En ese momento supe por qué estábamos juntos para escribir un libro. El recuento de Donald Conocer a Robert fue una de esas grandes sorpresas que la vida nos brinda de vez en cuando. Conocía sus logros, a saber, que había vendido millones de libros y había permanecido en la lista de bestsellers de The New York Times por cinco años. Estos no son logros menores. 

Esperaba que fuera una persona muy enérgica, intimidante incluso. Tuve razón en cuanto a lo enérgico: de Robert emana una energía positiva que toca a cuantos están a su alrededor. No parece ser algo intencional sino natural. Eso me impresionó. Lo que me ganó completamente fue que es muy humilde, muy sencillo, incluso modesto. ¿Este es el hombre que ha vendido 26 millones de libros? Increíble. Me pregunté si era una farsa, una fachada, un papel que representaba por alguna razón. A veces puedo ser escéptico. Pronto descubrí que Robert era sincero. Luego de hablar con él un par de veces supe que era auténtico y que disfrutaba enseñar casi tanto como lo hago yo. 

Cuando le conté que la única razón por la que había aceptado hacer El aprendiz era que tenía un trasfondo educativo, Robert me dijo: “Donald, tú eres un maestro, más que ninguna otra cosa”. Creo que sólo otro maestro podía descubrirlo. Hablamos sobre la importancia de la educación y mencionó el aspecto didáctico de El aprendiz. Asimismo, comentó que cada semana él y Kim aprendían algo del programa. Le pregunté qué emprendería si tuviera el éxito garantizado, y rápidamente contestó: “Encontraríamos maneras de llegar y enseñar a muchas más personas”. Tal como le comenté en The Learning Annex en Chicago: yo era el autor número uno en negocios y él el autor más importante en finanzas personales. Juntos tendríamos la gran oportunidad de llegar a millones de personas, pero sobre todo, de divertirnos. Robert comprendió mis intenciones al instante, y me gustó que quisiera considerar la propuesta antes de comprometerse. 

Yo sabía que era una persona reflexiva, que haría un examen introspectivo para tomar la decisión correcta. Cuando nos reunimos en mi oficina de Nueva York unas semanas después, lo primero que dijo fue: “Debo admitir que al principio me sentí un poco intimidado. Tuve una lucha interna: no sabía si teníamos suficientes cosas en común. Pero ganó la mejor parte de mí, la que rechaza la autocomplacencia”. Robert fue honesto consigo y conmigo, y comprendí por qué sus libros han tenido ese éxito colosal. Escribir puede ser divertido pero exige mucho trabajo, y mi agenda no permite muchas actividades extracurriculares, como lo es para mí la escritura. Pero ansiaba trabajar duro en algo nuevo, especialmente con alguien que compartiera mis preocupaciones y esperanzas. 

Emerson dijo: “El educador es quien hace fácil lo difícil”. Y también: “El conocimiento existe para impartirse”. Cuando hace años leí Padre rico, padre pobre, antes de conocer a Robert, recuerdo haber pensado que él tenía talento para facilitar el entendimiento de las cosas. Es una especie de narrador, y ésa es una de las claves para hacer las cosas accesibles a las personas. Por eso también es un gran orador, y con frecuencia se ha dicho lo mismo de mí. No sé si esa habilidad de cuentacuentos sea innata, pero nos ha permitido ayudar a los demás, y utilizar historias para simplificar temas aparentemente complejos. Sé que al pensar en mí, muchos dicen: “Ah, el multimillonario”. 

Es como si me cerraran la puerta en las narices. Mi hijo, Don Jr., ha dicho que soy como un obrero con un gran capital. Ha pasado mucho tiempo conmigo y sabe que, en el fondo, soy una persona simple. No es que sea simplón, pero mi enfoque suele ser sencillo. Y aunque lo que hago puede ser muy complejo, también sé desmenuzar. Nadie comienza con un rascacielos completo; se empieza con unos planos y los cimientos. Sé que las cosas requieren tiempo y paciencia, y eso incluye a la educación. Si has visto El aprendiz, sabes que somos duros con los aprendices porque en la vida real no hay mucho espacio ni compasión para las excusas. Como dice el dicho: “La vida no es un ensayo general”. 

Es la realidad. Por eso es necesario correr cierto riesgo si quieres destacar. Robert y yo deseamos que ese riesgo resulte menos amenazador y un poco más tolerable. Mis conocidos se sorprendieron al saber que iba a colaborar con otro empresario para escribir un libro. A los empresarios nos gusta tener el control, y compartirlo no es una situación atractiva. Pero cuando conoces a alguien que está en la misma longitud de onda que tú en tantos aspectos, se convierte en un placer. La unión nos hace más fuertes. De hecho, una de las debilidades de muchos visionarios y empresarios es la incapacidad para comunicar su visión y metas. El camino puede ser muy solitario y, el viejo dicho: “No hay compañía en la cúspide”, puede ser muy cierto. A los empresarios nos gusta intentar cosas nuevas. 

Este tipo de colaboración fue nueva para Robert y para mí, y creo que nos hemos enriquecido mutuamente como educadores, conferencistas y personas al juntar nuestras distintas personalidades para lograr una unidad de amplio alcance y fácil de comprender. ¿De qué sirve tener grandes conocimientos si no los compartes? Hay otro detalle divertido: los empresarios suelen evitar el trabajo en equipo; quieren tener el control, hacer las cosas en solitario, conseguirlas por sí mismos, y punto. Al menos es lo que dicen los expertos al analizar los tipos de personalidad adecuados para el empresario. 

Supongo que Robert y yo no encajamos en ese molde, pero eso no nos molesta. El resultado de este proceso cobró vida propia y se convirtió en más que un simple libro: se transformó en un ejemplo viviente de lo que hemos trabajado y experimentado desde nuestro primer encuentro hasta el día que terminamos el primer borrador. Pronto se convirtió en un interés común ofrecer educación financiera a todo aquel que quiera una vida mejor, en una época en que todos necesitamos estar equipados financieramente para el futuro. 

Este libro es para todo aquel que quiera avanzar y salir de su zona de comodidad. No importa si ya eres millonario o aún no; estas lecciones son útiles para todos sin importar su actual situación financiera. Espero que aprendas y te diviertas con este proceso. No hay nada de aburrido en los negocios, como pronto descubrirás. Robert y yo tenemos algo más en común: no nos gusta aburrirnos; nos gusta actuar. Así pues, presta atención, concéntrate y diviértete. Queremos que seas rico tiene mucho que ofrecer. ¡Prepara tu antena y permanece en sintonía! ¿De qué sirve tener grandes conocimientos si no los compartes? DONALD J. TRUMP


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